Mujeres y Ciencia: ¿Un tiempo propicio?

Por Marta I. González (CSIC/Universidad de Oviedo)*

“¿Por qué tan pocas?”, se preguntaba la socióloga feminista Alice Rossi en 1965. En 2015, medio siglo después, los psicólogos Wendy Williams y Stephen Ceci  defendían que el presente es un “tiempo propicio” para que las mujeres se incorporen a la ciencia académica y anunciaban el fin del mito de la discriminación de las mujeres en este ámbito.

Williams y Ceci diseñaron un experimento en el que pedían a profesores universitarios que seleccionaran al mejor candidato para un puesto de investigación permanente de entre un conjunto de solicitantes de ambos sexos con los mismos méritos.

Contra todo pronóstico, los evaluadores, tanto hombres como mujeres, parecieron preferir a las candidatas (con algunas diferencias dependiendo de las disciplinas). “Los esfuerzos por combatir el sexismo previamente generalizado en los procesos de contratación parecen haber surtido efecto”, declaran los autores, “nuestros resultados indican una atmósfera sorprendentemente favorable en nuestros días para las mujeres candidatas a puestos de trabajo en las disciplinas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas”. La desigualdad, sostienen, sigue manteniéndose porque las mujeres creen en el mito de la discriminación y muchas ni siquiera intentan entrar en la carrera científica, exiliándose a sí mismas del sistema.

Entre la preocupación de Rossi y el optimismo de Williams y Ceci hay cinco décadas en las que las mujeres han ido poco a poco ocupando las aulas, los laboratorios y los despachos. Las mujeres han aumentado su número como estudiantes e investigadoras;sin embargo su ritmo de acceso y ascenso en las carreras científicas continúa siendo más lento que el de los varones y está segregado por campos de conocimiento.

La búsqueda de las causas de las desigualdades entre mujeres y hombres en la ciencia es una cuestión esquiva. La discriminación en los procesos de selección y contratación ha generado en los últimos tiempos un buen número de investigaciones, preferentemente en forma de ‘experimentos’ que indagan el modo en el que pre-concepciones de género se cuelan en decisiones que deberían atender únicamente a los méritos científicos de los candidatos. En esta literatura de ‘evaluación experimental’, los resultados y valoraciones de Williams y Ceci se oponen a las conclusiones mucho más pesimistas de trabajos como los de Wennerås y Wold (1997), Steinpreis, Anders y Ritzker (1999), Moss-Racussin et al. (2012) o Reuben, Sapienza y Zingales (2014). Todos ellos encontraron sesgos a favor de los hombres en diferentes procesos de selección experimentalmente diseñados.

La disparidad entre los resultados puede rastrearse en el diseño de los experimentos. Quizá el hecho de que los científicos y las científicas que evaluaron las solicitudes construidas para el experimento de Williams y Ceci pudieran inferir el objetivo de la investigación, o que todos los candidatos fueran presentados como excelentes, sean factores que hayan disparado el efecto de ’deseabilidad social‘ en sus elecciones. Cuanto más alejados estén los experimentos de las condiciones reales en las que se producen los procesos de selección, menos generalizables serán sus resultados.

En cualquier caso, no se trata de ‘experimentos cruciales’ que permitan descubrir la causa definitiva de las diferencias que persisten entre hombres y mujeres en la ciencia. Las elecciones de las mujeres sobre sus vidas y sus profesiones, su contexto personal y familiar, las decisiones sobre contrataciones, promociones o publicaciones, las dinámicas sociales en las comunidades científicas… todos ellos son elementos interrelacionados que podemos aislar para comprender mejor, pero es preciso no perder de vista el modo en que se articulan y se refuerzan.

Puede que el trabajo de Williams y Ceci apunte a que estamos en un momento propicio para las mujeres en la ciencia, aunque quizá no por las razones que ellos aducen. La atmósfera es aparentemente favorable, desde luego: los científicos saben que el sexismo es políticamente incorrecto. Es preciso ahora que este clima favorable tenga frutos, tanto en las decisiones reales sobre contrataciones, como en todos los procesos y relaciones implicados en el éxito en las carreras científicas. Las mujeres han recorrido mucho camino en la ciencia en los últimos 50 años, pero es largo aún el que queda por recorrer.

Marta I. González es investigadora del CSIC. Actualmente trabaja como profesora de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Oviedo

Fuente: http://blogs.20minutos.es/ciencia-para-llevar-csic/2016/02/11/mujeres-y-ciencia-un-tiempo-propicio/?utm_content=bufferd649c&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer

Edición : Raquel Ferrari

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Facundo Manes: “Usar el cerebro”

Facundo Manes es uno de los neurocientíficos más destacados del momento. Nacido en Quilmes, Argentina, en 1969, creó el Instituto de Neurociencia Cognitiva y es rector de la Universidad Favaloro. Su último libro se titula  Usar el cerebro (Paidós Contextos). Trata de responder a muchas preguntas vitales que ni la filosofía ni la religión han podido responder. Cree que en las últimas décadas hemos aprendido más sobre el cerebro que en toda la historia de la humanidad, pero también reconoce que están empezando a surgir dilemas éticos y morales, que la sociedad tendrá que definir. No los científicos.

P. ¿Por ejemplo?

R. La capacidad de manipular una memoria o la capacidad de leer ciertos pensamientos o qué pasa en la actividad de un paciente con estado vegetativo persistente. Los avances en el estudio del cerebro ayudan a curar muchas enfermedades, ayudan a comprender quiénes somos, pero también generan dilemas morales y éticos que la sociedad va a tener que definir y por eso es importante difundir  las neurociencias.

P. ¿Se sabe ahora mismo cuánto podría vivir un cerebro?

R. No hay evidencia científica de que pueda vivir 300 años. Pero por primera vez en la historia tenemos mucha gente entre 65 y 90 años o más que está bien mentalmente, en una ‘nueva adolescencia’. Eso no pasó nunca en la historia. Eso va a generar nuevas políticas públicas dedicadas a esta ‘nueva adolescencia’. Hasta el último día de vida, tenemos que estar activos mentalmente.

P. ¿Qué avances podría hacer el ser humano medio para usar bien el cerebro?

R. Si uno no tiene ningún problema neurológico o psiquiátrico, no hay ningún método mágico ni pastillas necesarias para el cerebro. Lo que sí sabemos es que ciertas conductas en la vida ayudan a conservar un cerebro saludable y a reducir el riesgo cognitivo.

P. ¿Cuáles son esas conductas?

R. Primero, todo lo que hace bien al corazón, hace bien al cerebro, por ejemplo, cuidar la tensión arterial, la glucosa en sangre, el colesterol, evitar el sobrepeso, no fumar, tomar alcohol de forma moderada, la comida rica en vegetales, pescados sobre todo con omega3… Pero, además, el ejercicio físico genera unas conexiones neuronales que es un buen ansiolítico, antidepresivo. Al cerebro la hace bien la vida social. Sentirse solo es un factor de mortalidad y además al cerebro le viene bien tener desafíos intelectuales, le hace bien dormir, dormir es un factor de protección cerebral y luchar contra el estrés. O sea que podemos decir que si uno quiere reducir el riesgo de riesgo cognitivo debería seguir estas conductas durante la mayor parte de su vida.

Portada del libro 'Usar el cerebro', de Facundo Manes.

P.¿Qué consejo le da a los docentes para estimular el cerebro de los niños?

R. Hoy sabemos que el cerebro humano aprende cuando algo lo motiva, cuando algo lo inspira y cuando algo le parece un ejemplo. Así que, claramente, la educación tiene que ser transformada para que los docentes vuelvan a inspirar, a motivar, a ser el ejemplo. Antes, los docentes tenían la información y transmitían la información, hoy la información está cada vez más va a estar disponible. El rol del docente es enseñar al alumno cómo trabajar con esa información, cómo generar nueva información, nuevas ideas, cómo trabajar en equipo, cómo presentar los datos. La educación va a tener que sufrir una revolución, y la neurociencia puede aportar nuevos conceptos para esa revolución.

P. ¿Qué es lo que está descubriendo la neucociencia?

R. El proyecto CONECTOMA , se basa en la hipótesis de que cada ser humano tiene un circuito de conexión específico por cada experiencia. Durante mucho tiempo se pensó que había una neuroimagen de un área, y que esa área era la encargada de tal función. Hoy sabemos que el cerebro trabaja más en red. Las neuroimágenes son una herramienta de investigación muy útil pero hay que usarlas e interpretarlas con prudencia.

P. ¿No hay muchos gurús de la neurociencia que no son científicos ni nada?

R. Uno de los riesgos de esta explosión de neurociencia es que muchos utilicen el prestigio de la ciencia como marketing. Y los neurocientíficos tenemos que ayudar a la sociedad a educarse en estos temas de forma seria, porque hay mucha gente que por motivos comerciales o por otros motivos utiliza la ciencia como mecanismo de marketing.

P. ¿Podemos aprender lenguas ya de mayores?

R. Sí, siempre es necesario. Una cosa que recomendamos los neurocientíficos es aprender idiomas, aprender un instrumento musical o un tema nuevo. Siempre hay que aprender. Lo que pasa es, a medida en que nos hacemos mayores, es más difícil pero no imposible aprender un idioma. Pero claramente los niños antes de los 7 años son multilingües. Hablar dos o más lenguas produce una cierta reserva cognitiva que procedería contra el deterioro cognitivo.

P. ¿Cuántas neuronas perdemos a partir de qué edad?

 

R. Es difícil esa pregunta a nivel del cerebro global. Pero, por ejemplo, a partir de los 65 años el hipocampo, que es una zona clave para la memoria, se atrofia a ritmo del 1% anual. Una vez se hizo un experimento: se escogió un grupo de  personas de 65 años y a la mitad le dijeron que caminase varias veces por semana, a la otra mitad le dijeron siguiera siendo sedentario. La gente que caminó, lograba que el hipocampo no se atrofiara un 1% anual. O sea que solamente caminar genera nuevas conexiones neuronales.

 

P. ¿Se sabe ahora mismo cuánto podría vivir un cerebro?

R. No hay evidencia científica de que pueda vivir 300 años. Pero por primera vez en la historia tenemos mucha gente entre 65 y 90 años o más que está bien mentalmente, en una ‘nueva adolescencia’. Eso no pasó nunca en la historia. Eso va a generar nuevas políticas públicas dedicadas a esta ‘nueva adolescencia’. Hasta el último día de vida, tenemos que estar activos mentalmente.

P. ¿Qué avances podría hacer el ser humano medio para usar bien el cerebro?

R. Si uno no tiene ningún problema neurológico o psiquiátrico, no hay ningún método mágico ni pastillas necesarias para el cerebro. Lo que sí sabemos es que ciertas conductas en la vida ayudan a conservar un cerebro saludable y a reducir el riesgo cognitivo.

P. ¿Cuáles son esas conductas?

R. Primero, todo lo que hace bien al corazón, hace bien al cerebro, por ejemplo, cuidar la tensión arterial, la glucosa en sangre, el colesterol, evitar el sobrepeso, no fumar, tomar alcohol de forma moderada, la comida rica en vegetales, pescados sobre todo con omega3… Pero, además, el ejercicio físico genera unas conexiones neuronales que es un buen ansiolítico, antidepresivo. Al cerebro la hace bien la vida social. Sentirse solo es un factor de mortalidad y además al cerebro le viene bien tener desafíos intelectuales, le hace bien dormir, dormir es un factor de protección cerebral y luchar contra el estrés. O sea que podemos decir que si uno quiere reducir el riesgo de riesgo cognitivo debería seguir estas conductas durante la mayor parte de su vida.

P. ¿Cuál es la pregunta sobre el cerebro a la que todavía no ha encontrado respuesta?
R. Sabemos mucho de muchas partes del cerebro como toma de decisiones, de emoción, de memoria, de percepción, pero no tenemos una teoría general sobre el cerebro.

P.  ¿Puede llegar la respuesta en cinco o diez años?

R. Es ya fascinante que el cerebro humano intente entenderse a sí mismo. No hay otro órgano en el mundo o en el universo que intente entenderse a sí mismo. Pero que se vaya a poder entender completamente es un misterio.

P. Hay una corriente en EEUU que dice que vamos a vivir más de 100 años, tendremos chips recorriendo el cuerpo y arreglando problemas neuronales.

R. Soy escéptico de que eso ocurra en las próximas décadas.

P. ¿Por qué?

R. Las computadoras tienen décadas y fueron hechas por el humano. El ser humano tiene miles y miles de años y las emociones nuestras, la empatía, las emociones guían la conducta y las computadoras todavía no tienen emociones.

P. ¿No piensa que hay muchas disciplinas como la neurociencia, la filosofía o la física que no están conectadas entre sí?

R. Totalmente. La universidad del futuro va a consistir en que un estudiante de psicología vaya a una clase en física y el físico vaya a una clase en arquitectura. El conocimiento en la actualidad se genera en equipo. Hubo un estudio publicado en Science que evaluó patentes –que es un sinónimo de innovación–, y observó que el conocimiento hoy se genera en equipo, incluso en las ciencias humanísticas, no solo ciencias puras. La inteligencia colectiva es mucho mejor que la individual. Todos somos producto de la inteligencia colectiva.

(Con la colaboración de Deva Salas)

Fuente: http://noticias.lainformacion.com/salud/especializaciones-medicas/facundo-manes-hay-gente-de-mas-de-65-anos-en-una-nueva-adolescencia_LhtRoZxF1ftXC1BGsY6o94/

Edición: Raquel Ferrari

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Un pliegue anómalo

Lo más llamativo del cerebro humano es su superficie densamente plegada, las circunvoluciones corticales. En ellas se distinguen sulci o surcos, las hendiduras, y gyri o giros, las elevaciones tort…

Origen: Un pliegue anómalo

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HangoutEDU: conversando con Francisco Mora sobre Neuroeducación

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ACV y demencia vascular: una investigación

El ataque cerebral o accidente cerebrovascular (ACV) y las demencias son considerados dos enfermedades catastróficas de la neurología. El ACV es la segunda causa de muerte y la primera de discapacidad en el mundo. Puede ocurrir a cualquier edad y va en aumento. Por otro lado, cada tres segundos se diagnostica un nuevo caso de demencia y se calcula que el número de pacientes con este cuadro casi se duplicará cada 20 años.

“Si los costos asociados con la demencia fueran el PBI de un país, sería la décimoctava economía del planeta”, afirma Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva y rector de la Universidad Favaloro. En América latina esta patología tiene un 7% de prevalencia en la población mayor de 65 años

Pero en este panorama inquietante también puede haber buenas noticias. Un trabajo recientemente publicado en JAMA Neurology por el neurólogo argentino Luciano Sposato, que trabaja en elLondon Health Science Centre, de la Universidad de Western Ontario, en Canadá, y por Vladimir Hachinski, profesor de la misma universidad, muestra que entre 2002 y 2013 hubo un descenso del 32% en los casos de ACV y del 7% en los de demencia de ese estado. Este logro esperanzador se basaría en el control de los factores de riesgo del ACV: la hipertensión, la hipercolesterolemia, la diabetes y el tabaquismo.

Hay dos tipos de demencia -explica Sposato desde Canadá-: una es la degenerativa, que aparece por la pérdida de neuronas con el paso de los años y que todavía no tiene tratamiento. El otro gran grupo se produce como consecuencia de pequeños ACV o infartos cerebrales, que no dan síntomas, pero se van acumulando y con el tiempo conducen a síntomas cognitivos. Lo interesante es que cuando uno ve anatomías patológicas de personas que tuvieron demencia, el 80% tienen estas lesiones vasculares, estos pequeños infartos silenciosos. Quiere decir que si prevenimos esos infartos que ocurren en el 80% de las personas que tienen demencia podremos reducir los casos o retrasarla.”

Según cuenta Sposato, Ontario es una provincia con una población de 14 millones de personas en la que hace alrededor de 15 años se tomó la decisión de llevar adelante estrategias efectivas para prevenir el ACV y tratarlo mejor, una iniciativa que se llamó Ontario Stroke Strategy. El sistema sanitario, que allí es público, comenzó a utilizar más fármacos para controlar la presión y los niveles altos de colesterol, se hicieron campañas para disminuir la incorporación de sal a la dieta y para combatir el tabaquismo, y mejoró muchísimo el tratamiento en la etapa aguda del ataque cerebral. Así, hoy, en Ontario hay un tercio menos de ACV que a principios de siglo.

Es totalmente sorprendente, no estaba en los planes de nadie -subraya Sposato-. Sabemos, por los registros sanitarios, que descendió el ACV. Ahora, por primera vez pudimos calcular con cifras reales y no con estimaciones indirectas que también están disminuyendo los casos de demencia. Es la primera vez que se muestra una disminución de las dos enfermedades neurológicas más catastróficas en una misma población.

Los resultados fueron tan contundentes que los científicos decidieron enviar su trabajo como una research letter para que el mensaje fuera conciso y de alto impacto.

Cristina Zurru, directora de la sección de Enfermedades Cerebrovasculares del servicio de Neurología del Hospital Italiano, que no participó en el trabajo, explica que en el cerebro muchas veces se producen lesiones “silentes” de pequeños vasos o de la microcirculación cuyas consecuencias sólo se advierten años más tarde.

Hoy se sabe que determinados factores de riesgo pueden generar este tipo de daño microvascular silencioso que es el que se lleva la mayor parte del daño cognitivo -dice Zurru-. Está descripto. Muchos pacientes tienen daño vascular y sobre eso se instala la demencia degenerativa. La enfermedad vascular es un predictor de demencia. La hipertensión es el factor más importante, junto con la diabetes y los niveles altos de colesterol. Por eso, hoy por hoy, lo más costo-efectivo para evitar o retrasar la demencia es la prevención primaria: el control periódico de salud.”

Y concluye Sposato: “Sabemos que por cada ACV clínico, hay cinco silenciosos. Si prevenimos estos cuadros, podremos prolongar la calidad de vida”.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1861489-logran-disminuir-los-casos-de-demencia-previniendo-el-ataque-cerebral

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La amigdala NO es el centro cerebral del miedo. Hallazgos y conclusiones

Por: Joseph E LeDoux PhD

He  estado estudiando la amígdala desde hace más de 30 años. Cuando comencé, la investigación de esta región del cerebro era un campo solitario. El hipocampo era más interesante, y a veces me sentía celoso de la atención que se prestaba debido a su contribución a la memoria. Ahora, es la amígdala la que se encuentra en el candelero.

Esta pequeña nuez neural ha pasado de ser una oscura área cerebral a ser una expresión familiar, casi un sinónimo de “miedo”. Y, para mucha gente, mi nombre-también- es prácticamente un sinónimo de “miedo”. Se entiende que soy quién ha identificado la amígdala como el centro cerebral del “miedo”, Pero, yo no he hecho eso, ni nadie lo ha hecho.

La idea de que el miedo reside en la amígdala es -eso- una idea. No es un hallazgo científico sino una conclusión basada en una interpretación de un hallazgo. ¿Qué hallazgo, qué interpretación, y de donde sale esta interpretación?

El Hallazgo: Si la amígdala se lesiona, estímulos amenazantes previos, comienzan a ser tratados como benignos. El descubrimiento clásico, fue que los monos con la amígdala dañada eran más sumisos o las serpientes ya no provocaban  la llamada, respuesta de lucha-lucha. Estudios posteriores realizados tanto por mí como por otros investigadores, delimitaron el rol de la amígdala en el sistema neural que detecta y responde a las amenazas, y circuitos similares se encontraron operativos en los cerebros humanos.

La interpretación: Si el daño de la amígdala elimina la respuesta a las amenazas, los sentimiento de “miedo” son producto de la amígdala. Las personas responden menos cuando la amígdala está dañada (en los humanos esto puede ocurrir como resultado de epilepsia u otra condición médica o por tratamiento quirúrgico). Pero, esta gente puede todavía sentir “miedo”. En otras palabras, la amígdala es una parte importante del circuito que detecta y responde a las amenazas, pero no es necesario que lo haga sintiendo “miedo”.-

Las imágenes cerebrales de personas sanas (sin daño cerebral), sugieren algo similar. Cuando son expuestos a amenazas, la actividad de la amígdala aumenta y la respuesta corporal ( sudor, taquicardia) aparece. Esto es verdad aún si el estímulo amenazante es presentado en forma subliminal, de forma tal  que la persona no sea consciente de lo que sucede y no responda con miedo. La actividad de la amígdala no supone que la respuesta sea “miedo”.-

La conclusión de que la amígdala es el centro cerebral del miedo asume erróneamente que el miedo y las respuestas provocadas por una amenaza son producto del mismo sistema. Si bien los circuitos de la amígdala son directamente responsables por las respuestas conductuales y fisiológicas suscitadas por las amenazas, no son directamente responsables de las emociones de “miedo”.-

¿Cómo queda entonces la interpretación? Los humanos nos sentimos a menudo asustados cuando nos vemos acorralados en situaciones de riesgo. En otras palabras, estos dos aspectos(la emoción y la respuesta fisiológica) tienden a correlacionarse estrechamente en nuestra conciencia introspectiva. Hablamos de estas introspecciones y las convertimos en experiencias compartidas que se arraigan como verdades naturales.

Mucha gente cree entonces que el miedo es la causa de que un animal o una persona corra ante un peligro; o que la expresión facial clásica que conocemos como “miedo” es una manifestación de sentirnos asustados. Pero, en lo que concierne al cerebro, no siempre es este el caso. El objetivo de la ciencia es ir más allá de lo obvio para develar las verdades ocultas detrás de lo observable.

Una de las primeras cosas que aprenden los científicos es que correlación no implica relación causal. En realidad, hay dos confusiones en este caso:

1) Creer que porque con frecuencia nos sentimos temerosos al responder a un peligro, es el miedo el responsable de que respondamos como lo hacemos y

2)  Creer que porque la amígdala es responsable de responder al peligro, debe también ser responsable de la emoción del “miedo”.-

Desde el principio, mi investigación sugirió que la amígdala contribuye a los aspectos no conscientes del miedo, aquellos que detectan las amenazas y ayudan a manejarlas. El miedo consciente, explico en mis libros The emotional brain (Simon and Schuter, 1996),

Synaptic fear (Viking, 2002), y recientemente, Anxious (Viking,2015), es un producto de los sistemas cognitivos del neocortex que operan en paralelo con los circuitos de la amígdala. Pero la sutil diferencia entre aspectos conscientes y no conscientes del miedo se pierden para la mayoría de la gente.-

La amígdala cumple su papel en el miedo, pero no es el que se describe habitualmente. Su rol es más fundamental y más prosaico. Es la responsable de detectar y responder a las amenazas, y solo contribuye al miedo en forma indirecta. Por ejemplo: las emisiones de la amígdala ocasionadas por la detección de una amenaza modifican el procesamiento de la información en diversas regiones cerebrales, ocasionando secreción de neurotransmisores (noradrenalina, aceticolina, dopamina, serotonina) y hormonas como la adrenalina y el cortisol.

En situación de peligro, estos químicos alertan al organismo de que algo importante está ocurriendo. Como resultado, los sistemas de atención en el neo cortex buscan en el ambiente una explicación. Los estímulos presentes son interpretados en función de recuerdos  de experiencias pasadas. Si el estímulo se reconoce como una fuente de peligro, el esquema “miedo” es recuperado de la memoria.

Mi hipótesis, es que el “miedo” aparece cuando estos procesos (atención, percepción, memoria, alerta) confluyen en la consciencia. Esto solo puede pasar en un cerebro que tiene los recursos cognitivos que le permiten pensar en “yo mismo” o lo que Endel Tuvling ha llamado ” conciencia autonoética”.

No hay nada malo en la especulación en ciencia, pero cuando una interpretación especulativa se enquista en la cultura científica y en la cultura toda. como un hecho incuestionable, tenemos un problema. Esto es muy claro en neurociencia, donde partimos de estados mentales (como el miedo) que tiene interpretaciones históricas, y tratados a las palabras como si fueran entidades que viven en áreas del cerebro (por ejemplo la amígdala).

Resumiendo: no existe un centro del miedo; el miedo es, en mi opinión, mejor entendido como el resultado de experiencias cognitivas conscientes, relacionadas con situaciones de peligro, pero no debería ser confundido con los procesos no conscientes que detectan y controlan las respuestas a amenazas.-

PD: Sospechen de cualquier afirmación relativa a zonas cerebrales como responsables de alguna función. La idea de centros o zonas cerebrales que alojan funciones está siendo abandonada desde la época en que la mayoría de la evidencia surgía de los efectos de lesiones localizadas.

Hoy, pensamos en las funciones como productos de sistemas más que de áreas.Las neuronas contribuyen por ser parte de un sistema, no por estar en u área específica. La amígdala, por ejemplo, contribuye a la detección de amenazas porque es parte de ese sistema.

Y porque sea así no significa que sea la única función a la que contribuye. Las neuronas de la amígdala, por ejemplo, son también parte del sistema de procesamiento de significado de estímulos como el comer beber, sexo y drogas adictivas.-

 

twitter: @theamygdaloid

Facebook: www.facebook.com/joseph.ledoux

LeDoux Lab website: www.cns.nyu.edu/ledoux

Anxious en Facebook: www.facebook.com/AnxiousBookCD

Traducción y edición: Raquel Ferrari
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Las neuronas espejo te ponen en el lugar del otro

El equipo de Giacomo Rizzolatti, de la Universidad de Parma (Italia), estaba estudiando el cerebro de monos cuando descubrió un curioso grupo de neuronas. Las células cerebrales no sólo se encendían cuando el animal ejecutaba ciertos movimientos sino que, simplemente con contemplar a otros hacerlo, también se activaban. Se les llamó neuronas espejo o especulares.

En un principio se pensó que simplemente se trataba de un sistema de imitación. Sin embargo, los múltiples trabajos que se han hecho desde su descubrimiento, indican que las implicaciones trascienden, y mucho, el campo de la neurofisiología pura. El sistema de espejo permite hacer propias las acciones, sensaciones y emociones de los demás. Su potencial trascendencia para la ciencia es tanta que el especialista Vilayanur Ramachandran ha llegado a afirmar: “El descubrimiento de las neuronas espejo hará por la psicología lo que el ADN por la biología.-

Pregunta. ¿Qué le parece el hecho de que se comparen las neuronas espejo con el ADN?

Respuesta. Es un poco exagerado, pero quizá Ramachandran tenga razón porque el mecanismo de espejo explica muchas cosas que antes no se comprendían.

P. ¿Qué explica?

R. Por ejemplo, la imitación. ¿Cómo podemos imitar? Cuando se observa una acción hecha por otra persona se codifica en términos visuales, y hay que hacerlo en términos motores. Antes no estaba claro cómo se transfería la información visual en movimiento. Otra cuestión muy importante es la comprensión. No sólo se entiende a otra persona de forma superficial, sino que se puede comprender hasta lo que piensa. El sistema de espejo hace precisamente eso, te pone en el lugar del otro. La base de nuestro comportamiento social es que exista la capacidad de tener empatía e imaginar lo que el otro está pensando.

P. ¿Se puede decir que las neuronas espejo son el centro de la empatía?

R. El mensaje más importante de las neuronas espejo es que demuestran que verdaderamente somos seres sociales. La sociedad, la familia y la comunidad son valores realmente innatos. Ahora, nuestra sociedad intenta negarlo y por eso los jóvenes están tan descontentos, porque no crean lazos. Ocurre algo similar con la imitación, en Occidente está muy mal vista y sin embargo, es la base de la cultura. Se dice: “No imites, tienes que ser original”, pero es un error. Primero tienes que imitar y después puedes ser original. Para comprenderlo no hay más que fijarse en los grandes pintores.

P. Uno de los hallazgos más sorprendentes relacionados con este tipo de neuronas es que permiten captar las intenciones de los otros ¿Cómo es posible si se supone que la intención de algo está encerrada en el cerebro del prójimo?

R. Estas neuronas se activan incluso cuando no ves la acción, cuando hay una representación mental. Su puesta en marcha corresponde con las ideas. La parte más importante de las neuronas espejo es que es un sistema que resuena. El ser humano está concebido para estar en contacto, para reaccionar ante los otros. Yo creo que cuando la gente dice que no es feliz y que no sabe la razón es porque no tiene contacto social.

P. Pero para que el sistema de espejo funcione es necesario que exista previamente la información en el cerebro que refleja. ¿No es así?

R. En el útero de la madre se aprende el vocabulario motor básico, o sea que ya tenemos ese conocimiento, el básico, que es puramente motor. Más tarde, al ver a otras personas, el individuo se sitúa en su propio interior y comprende a los demás. La visión es la que proporciona el vínculo.

P. ¿Hacia dónde irán ahora sus investigaciones?

R. Queremos estudiar las bases neuronales de la empatía emocional en animales. Me gustaría ver si las ratas, al igual que los monos [en los que se han identificado ya varios tipos de neuronas espejo], tienen el sistema de espejo porque en ese caso, las podríamos utilizar para la investigación médica, porque los monos son animales demasiados preciosos como para hacer este tipo de trabajos.

P. ¿Y en humanos?

R. Estoy convencido de que los trastornos básicos en el autismo se dan en el sistema motor. Estos pacientes tienen problemas para organizar su propio sistema motor y como consecuencia no se desarrolla el sistema de neuronas espejo. Debido a esto no entienden a los otros porque no pueden relacionar sus movimientos con los que ven en los demás y el resultado es que un gesto simple es para un autista una amenaza.

Fuente: http://elpais.com/diario/2005/10/19/futuro/1129672806_850215.html

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